No hay señales de que surja un Antonio Cafiero como en 1985 o Sergio Massa casi treinta años después.
Ambos fueron resultado de procesos en el que el peronismo había perdido toda expectativa de retomar el poder o cuando un proceso político como el kirchnerista, ante la decadencia inevitable, empezaba a tildar a toda persona que expusiera una crítica como un traidor. “Llega un momento en que los que estamos afuera somos mucho más de lo que se sienten adentro”, evocaba días atrás “el orfebre” que aún transita por los lugares preservados para el poder territorial bonaerense.
“El tema es que alguien se anime”, dice siempre un conservador peronista. Alberto Descalzo, Juan José Mussi y Julio Pereyra, considerados cariñosamente como “el consejo de los mayores”, comienza a enojarse por ser escuchado pero no entendidos. Hablan con Cristina Fernández de Kirchner, su hijo Máximo, con Axel Kicillof y con la mayoría de sus pares intendentes y con gobernadores que los conocen desde hace mucho tiempo. “Te dicen que sí, que es por ahí, pero terminas de charlar y vuelven con sus cuestiones personales”, se quejan